De aquí y de allá

NICO II – Historia de una Victoria

21 de diciembre de 2016

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Os comparto a continuación un breve relato de la vida de Antonio Ripoll Aranda, Nico para los amigos. Un episodio de su vida que por vergüenza y miedo al descrédito ocultó durante más de setenta años.

Nico y su mujer, Carmen, eran, son, unos amigos de mis padres, que me cuidaron como a un hijo. El hijo que, por problemas de compatibilidad biológica, ellos no podían tener. Tuve la enorme fortuna de recibir su afecto y humanidad. Para mí eran como unos tíos, unos abuelos; y aunque rondaban ya los cincuenta cuando nací, su vitalidad era rotunda. Crecí con su compañía hasta que fui adolescente; nos veíamos cada una o dos semanas; a veces me quedaba con ellos el fin de semana. Juntos éramos felices. Abruptamente, cuando yo tenía unos quince o dieciséis años, dejamos de vernos. Al jubilarse Nico, se mudaron a Murcia; lejos, a cientos de kilómetros. La comunicación entre mis padres y ellos había ido palideciendo, enfriándose de una manera poco decorosa, y tras su traslado quedó definitivamente rota. Mis ganas de llamarles e incluso verles estuvieron, pero fueron engullidas como hojas en el remolino de un río turbulento, el mismo río frío, en el que yo un adolescente introvertido, nadaba a contracorriente. Con el tiempo sus figuras se convirtieron en un recuerdo difuso, vago; como un sueño que apenas logras ya recordar. Más de veinte años pasaron hasta que volví a sentir con inusitada fuerza sentimientos que creía apagados. Habíamos hablado algunas veces por teléfono, pocas, pero mi necesidad en ese momento era la de verlos, abrazarlos, estar con ellos como cuando era un niño y el mundo se paraba estando a su lado. Hablé con Isabel, mi pareja, y ella me alentó a viajar a verles, ella también quería acompañarme animada por mis siempre calurosos recuerdos que de ellos explicaba. Trazamos el itinerario: Girona, Barcelona en coche, Barcelona Alicante en avión, Alicante Murcia en coche de alquiler, y hotel cerca de su casita, en el pueblo de Santomera. Cuatro días, dos de ellos de viaje. Y con nosotros Natàlia que en ese momento tenía dos añitos. Fue cansado, pero sin duda, valió la pena.

Más de veinte años habían pasado sin vernos, y al reencontrarnos fue como si nos hubiéramos acabado de ver unas horas antes. Estando con ellos pude constatar lo que ya intuía, que ellos han sido uno de los mejores regalos que la vida me ha ofrecido.

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Antonio y Carmen

 

Este es el breve relato de Nico, una historia largamente ocultada que ahora quiere dar a conocer. La historia de un hombre extraordinariamente amable y afectuoso, que me amó abiertamente, sin resquicios. Que me mostró su cariño con una alegría desbordante, que me cantó, que me hizo reír una y otra y otra vez con sus ingeniosas ocurrencias, que me defendió, y comprendió mis flaquezas y desatinos. Una persona pura que siempre me miró desde la inocencia, entregándome un registro de nobleza, que me ayudó y ayuda a preservar la confianza en esta humanidad que compartimos y que entre todos construimos. Transcribir parte de la conversación grabada durante esos días con él, es un gesto de aprecio y una muestra de mi gratitud. Nico nació el 1929, tiene ahora 87 años y la cabeza despejada, y como sé que en estos momentos lo está leyendo, decirle, decirte: Te quiero.

Sus palabras muestran sin pretenderlo, la forja de su espíritu, el origen de su nobleza y la integridad de sus actos. Espero que la disfrutéis tanto como yo.

 

“Hemos nacido con buenas o malas condiciones, lo hemos pasado lo mejor posible, y nos tenemos que morir por ley. A mí me hubiera gustado ser eterno. Me gusta la vida, me gusta contemplarla, me gusta el aire, la luz, ver por la noche las estrellas, ver la gente contenta, animada.

Tu sabes Pablo que mi niñez ha sido muy mala; he pasado mucha hambre, he pasado noches y días sin comer, era muy joven. Me hubiera comido hasta las piedras por la calle del hambre que tenía. Por eso me hice rebelde cuando era pequeño en Zaragoza; nos fuimos andando por las montañas dos o tres meses, nos metíamos en casas vacías. Mi padre sufrió mucho. Como íbamos descalzos, llevábamos unos trapos envueltos para no cortarnos. Hasta que llegamos a Zaragoza, que estaban los nacionales, te hablo de cuando la guerra, y aquí había mucha necesidad. No era como en los pueblos que la gente se apoyaba, -ten estas patatas, estas gallinas, huevos- allí no, allí sólo había que asfalto y bombas, y correr a los refugios. Cuando fuimos a Zaragoza, salí de aquí que tenía seis o siete años, y estuve allí hasta los dieciséis ¿Y sabes que me decían allí los críos? Porque a mí me gustaba jugar con los críos, natural, en esa edad; me decían -¡Tú eres gitano!- No podía consentir que me lo dijeran; y me pegaba con ellos. Y parece que había una cosa en mí que tenía un poder: que tenía mucha fuerza. Mucha fuerza. Era musculoso yo. Y si yo hubiera comido bien… Y ya verás… mira si pasaba hambre que cuando los críos merendaban o algo, era muy orgulloso yo, nunca pedía dadme un trozo, no, me ponía al lado de ellos para oler el pan y el chocolate. Es triste eso. Pues me conformaba con eso. Hubo una anécdota muy “bonita”, en el mal sentido; una mujer dijo, -no juguéis con este niño que es un gitano- , una maña con pocos principios, porque a las personas se les nota si tienen principios o no, y yo pensé dentro de mí, ¡Madre mía que me ha dicho esta mujer! Se lo dije a mi madre: -Mama m’ha dit que sóc un gitano! (¡Mama me han dicho que soy gitano!)- Diu: -Nen, no facis cas a la gent (Niño, no hagas caso a la gente)-. Y por ahí me vino la rebeldía con los niños; me pegaba hasta con dos y con tres. Mi hermano era dos o tres años mayor que yo, pero era cobardete y se iba corriendo. Yo me enfrentaba a ellos Pablo. Y así fue, hasta que vine a Barcelona con dieciséis años, y me apunté a un gimnasio. Pero el caso es curioso; te explico lo que me pasó. Tenía dieciséis años, pero era un crío. Me subo arriba y veo que estaban entrenando, saltando a la comba y venga va, pim pam. Me gustaba aquello que hacían. Y viene un señor, que por cierto es el promotor que me llevó a mí, y me dice: -Hola que haces tú aquí -He subido a ver -¿Tú ya sabes que aquí no se puede subir si no tienes un permiso? Y el hombre me miraba y no me quería echar [ríe]. No me quería echar. Y le digo -he subido porque quería ser boxeador Y me dice -¿¡Tú boxeador!? ¿¡Tan pequeño!? ¿Cuántos años tienes? Le mentí -Voy a hacer diecisiete; y tenía recién cumplidos los dieciséis. Dice -¡¿Tu boxeador?! ¿Ya sabes que esto cuesta mucho de hacer?  ¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives? Digo -No tenemos casa. Porque no sabíamos a donde ir; nos dejaron una barraca allí en Collblanc, que era como de aquí a esa columna (unos quince metros cuadrados). Éramos ocho allí metidos. La cuestión es que aquel hombre se me quedaba mirando fijamente. -¿Ya sabes que aquí tienes que pagar para ser boxeador? Y otra cosa… aquí tienes que estar cuatro o cinco meses para saber si sirves. Yo sólo que decía -bueno, bueno. Y dice, -venga ¿dónde vives? -No tengo casa, vivo en una barraca -¡¿Pero quién sois vosotros?! Le explique un poco el caso, que veníamos de Zaragoza, y que habíamos venido hacia unos días -¡Cago en la leche!, dice, -pues mira que te voy a decir ¡Que vas a venir  aquí!- ¡Más contento yo! Me abracé a él -gracias, gracias. Dice, -¿Tenéis comida? Digo, -no mucha [Reímos]. Se sacó el hombre un billete de aquellos de quinientas pesetas, y me dijo, -dale esto a tu padre para que os compréis comida-. Me preguntó todo, si tenía padres, hermanos, madre… Sí, sí, y yo le fui contestando. Y me dijo, -y tú para la semana que viene vienes aquí-, y me apuntó en un papel. Y así fue. Fui allá, a boxear.

Y mira por donde, como mi padre sabía pintar muy bien; en Collblanc había una taberna que ponía “Las Cañas”, era muy renombrado, y pintó allí unas cosas, un toro, una casa… y la gente se lo miraban todo aquello, y un día vino un señor un poco importante que tenía una fábrica de madera, y preguntó -¿es usted Antonio Ripoll? Y dijo -sí, sí. -Pues suba usted o bajo yo. -Ya subo yo, dijo mi padre. -He visto unos cuadros que ha hecho usted en el bar. Mi padre había empezado a beber un poquico. Ya empezó en Zaragoza. Yo creo que una persona cuando se ve así, ya desesperada, que no tiene trabajo, tantos críos… le da por beber, por olvidar algunas cosas, porque se hubiera vuelto loco. Vengo a referirme… que al final subimos al almacén y nos subieron a todos arriba, a toda la familia, y mi padre pintaba las portadas de las fiestas de Gracia, y también ganó el primer premio la calle, la Vallespir, la Bartolomé, la calle Pedro Balañá… todas aquellas calles las hacía mi padre. Y nosotros pequeñitos como éramos le ayudábamos todos, pero yo cada día a las siete ¡al gimnasio! Hasta las ocho, ocho y media o nueve ¡al gimnasio! Y siempre venía aquel, el promotor. Le gustaba mucho, me cogió cariño. Y pim pum pim pum pim pam, y al saco. ¡Venga, ala! Y oye me iba muy bien. Me decía -¿Te cansas? -No, no. Pero si tenía yo una agilidad de miedo. ¿Sabes que hacía cuando llegamos a Zaragoza? Iba a robar patatas; mi padre hizo una cabaña con unas cañas y puso unas hierbas encima para no mojarnos. Estuvimos así tres meses viviendo hasta que vinieron unas señoritas del auxilio social y nos llevaron a un convento de monjas, allí mi padre se empleó, mi madre también en la cocina, y así fue hasta que vinimos hacia aquí. Pues así estuve yo en el gimnasio, hasta que pasaron cuatro meses, me miraron los médicos, y dijeron -está como un roble, está sanísimo a no poder más-. Y dice -mira que te digo, has estado aquí…,  él era muy serio, -has estado aquí no sé cuánto tiempo, y vas a tener que pagar las cuotas de todo ese tiempo, qué pagan todos los que están en este gimnasio; tienes un combate el día cual. Yo me puse un poco nervioso, dije ¡Ui! Yo era amateur ¿no me entiendes?, Y sí, sí. Mira entonces existían bailes de esos de calle, los entoldaos, en las fiestas de mayores. Y antes de empezar el baile, a eso de las once, salían unos boxeadores. ¡Estaba así de gente! Pues a mí me toco empezar así. Ya me dieron en aquella época trescientas pesetas, que un jornalero cobraba setenta u ochenta pesetas ¡Estaba más contento! Mi promotor que se llamaba Febrer, se había hecho boxeador, muy bueno. Al engordarse se hizo de lucha libre, y para tener dinero vendía motos de segunda mano, coches, bicicletas, y también coches nuevos y todo eso. ¿Y sabes qué hacía? Se iba al aeropuerto, se llevaba un fotógrafo con él y cuando bajaba un famoso del avión, se ponía al lado suyo y pum; y eso lo ponía él dentro de su tienda de coches para que la gente creyera que era famoso, pero él ya lo era de famoso. Y hasta del rey, no sé qué rey era, también.VER FOTO de Vicente Febrer

Y así era la cosa. Hasta que fui ganando más dinero hasta mil quinientas pesetas, dos mil, tres mil pesetas. Estuve cuatro años y medio, y nunca lo ha sabido nadie.

Le recuerdo que cuando yo era pequeño me quedaba encandilado contemplando sus gráciles movimientos pugilísticos y que me parece increíble que nunca nos hubiese dicho nada al respecto.

Saltaba la comba, cruzada mejor que nadie. Los compañeros venían a ver como saltaba, pim pim, pim pim, pim pim, casi no se me movían las manos.

Y  apenas tenía alguna foto, porque entonces casi no se hacían porque necesitabas el dinero para comer, no había televisión tampoco en el cuarenta y cinco, cuarenta y seis y cuarenta y siete. Y reportajes tampoco hacían; por radio alguna vez me habrán nombrado. ¿Porque Nico Segundo? (su apodo)  Porque ja había otro. En Zaragoza siempre me llamaban Antoñico, y después siempre Nico, así que dije, ¡pues venga me pongo este nombre! El otro se llamaba Nicolás.

Y así fue mi vida.

Yo no había visto a un hombre llorar, cuando me retiré a los diecinueve años, el representante me dijo, -¡Mecagundeu! ¡¿Ara em deixes?! (¡¿Ahora me dejas?!) ¿¡Ahora que casi te ponen el cinturón de campeón de España!?- ¿Y porque lo dejaste? Porque mi padre me dijo que antes de que me tocaran más, que me fuera ¡Pero si eso era mi vida entonces ya! Ya estaba acostumbrado, ya no me daba miedo, aunque tampoco me había dado antes; un respeto, porque a veces yo no sabía de las cualidades del otro contrincante, mi categoría era 49, 50 kilos, 51 máximo. Yo era un boxeador muy limpio, y nunca caí a la lona. Estoy muy orgulloso, nunca he caído a la lona. Yo sí que he tirado a la lona ¿¡Quien lo diría!? Con esa manera de ser tan bondadosa. Pero entonces, las circunstancias, haber pasado tanta hambre… yo hice eso por amor a mis padres, porque los quería cantidad; ellos me querían en cantidad; mira si me querían que estuvimos reunidos toda la familia en una fiesta de navidad, mis hermanas, mi hermanos y todos, y me dice mi padre -Nen, Nico, vina (ven)- Y me dijo -Estic molt orgullós de tu” (Estoy muy orgulloso de ti)- [Llora] ¡Los quería tanto! Los quería a todos; a mi padre lo quería en cantidad. Mira que yo les llevaba el dinero, lo que ganaba se lo daba a ellos, porque mi madre en aquel entonces estaba enferma, y a ellos ese dinero les iba muy bien, pero mi padre prefirió que lo dejara para cuidarme. Yo tenía una cicatriz en el ojo izquierdo y cuando me daban siempre me sangraba, y eso le favorecía mucho al contrincante porque la sangre me bajaba por los ojos y no me dejaba ver; muchas veces yo apartaba la sangre así, pero claro me hacía daño también con el guante. Cuando tocaban la campana el preparador me ayudaba a limpiarme con el agua del cubo, me limpiaba el sudor y me secaba un poquico con la toalla hasta que sonaba la campana otra vez. Ese era mi oficio hijo mío [Lo dice con profunda tristeza], para poder comer y también mi familia; el más pequeño de la familia y el más espabilao; incluso cuando fui a la mili fui cabo primero en aquella época de Franco. En el cincuenta y seis, y estuve dos años; allí me hicieron un homenaje por el boxeo también. Me dieron un diploma y me lo dejé en el tren.

Y ya ves Pablo… ya te he explicado mi experiencia.”

 

Antonio no había hablado de esta etapa suya como boxeador porque según él no quería que lo trataran como un embustero o un fanfarrón.

Acabada la explicación, Isabel me recordó que debíamos partir;  estábamos a punto de iniciar el camino de retorno a nuestra casa, y todos sabíamos que dadas las circunstancias y sus edades, cabía la posibilidad de que nos volviéramos a ver. Todos lloramos.

Antes de entrar en el coche, Nico quiso regalarme unos consejos, los de quien te desea lo mejor. Se acercó y mirándome a los ojos me dijo -lo más importante es la familia Pablo. No pierdas la meta, no te dejes engañar por los cantos de sirena, no te rindas. Tú sigue siempre hacia adelante, hacia adelante-.  Sus palabras sonaban como una oración. Un mantra con las mismas directrices que han guiado su existencia, convirtiéndolo en un joven de casi 90 años con la misma inocencia e ilusión de cuando era un niño, haciendo de su vida una auténtica obra de amor.

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Nico y yo

 


19 comentarios en la entrada : NICO II – Historia de una Victoria

  • Ester

    22 diciembre 2016

    Buffff que hartón de llorar….!!! Lo recuerdo cariñoso y siempre riendo y haciendro bromas, entrañable persona, de corazón bondadoso… Jolin que emocionante!

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  • Encarna

    23 diciembre 2016

    Me he emocionando leyendo su historia,una vida dura pero muy humana, y de buena persona, con grandes principios, y mucho amor. Me ha gustado mucho leerla.

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  • Joan Rodriguez Delgado

    24 diciembre 2016

    Emotiva historia Pablo! Gracias por compartirla y colgarla.

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  • Hugo Torres

    10 enero 2017

    Una gran historia Pablo, no cabe duda que cada ser humano podría escribir un libro de todas las vivencias por las que ha pasado. Gracias por compartirla. un fuerte abrazo.

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  • Nuria

    22 enero 2017

    Hola Pablo, soy Núria una de las sobrinas de Nico, me he emocionado y llorado por tu relato, recuerdo cuando era pequeña que mi tío te cuidaba, que llegué a tener celos de ti, solo hacía que hablar de su Pablo y a día d hoy sigue nombrándote, una gran persona Nico con un gran sentido del humor y unos principios envidiables, lo has “clavado” en la descripción que has hecho de él.
    Un saludo y a partir de hoy te sigo en tu blog.
    Núria

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    • Pablo Palmero

      22 enero 2017

      Hola Núria ¡Qué grata sorpresa saber de ti! Me alegro que el texto te haya emocionado, que sientas que refleja a “nuestro” Antonio. Te agradezco también tu sinceridad con el tema de los celos; si hubiera estado en tu lugar creo que también los hubiera sentido. Por cierto, ellos a menudo me hablaban de otra niña que también habían cuidado, una tal Ingrid ¿la conoces? Ojalá leyera también el texto y nos hablara de su vivencia con ellos. Sino trataré de averiguar si ellos lo tienen.
      Un saludo afectuoso y bienvenida al blog.

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  • Mireia

    22 enero 2017

    Hola Pablo , me ha encantado la historia que has contado, yo soy nieta de una de sus hermanas. Un saludo, Mireia.

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    • Pablo Palmero

      22 enero 2017

      Un abrazo. Encantado de tu visita.

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  • Montse Martinez Ripoll

    22 enero 2017

    Hola Pablo! Soy Montse, otra de las sobrinas de Nico, que bonito! Como he llorado, mi tio es tal como tu lo describes, una excelente persona! Gracias!!! Da muchos recuerdos a tus padres! Un abrazo!

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    • Pablo Palmero

      22 enero 2017

      Me place mucho ver como nos estamos reuniendo al abrigo de este texto, para reconocer las virtudes humanas de Antonio. Se merece esto y mucho más. De hecho, si alguien quiere enviarme fotos o escribir recuerdos que tenga de él, que me los pase por mail a pablopalmero@yahoo.es, y yo los maqueto al final, dentro de esta misma entrada.

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  • Laura Martínez Ripoll

    22 enero 2017

    Hola Pablo! Que relato mas bonito de mi tiet Nico!!! Ufff como he llorado…no hay persona mas dulce, cariñosa, buena y sensible que mi tio Nico. Gracias Pablo!

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  • Alba

    23 enero 2017

    Hola pablo!! Soy Alba , otra sobrina del tiet Nico!! Vaya panzón a llorar!! Muchísimas Gracias por este hermoso regalo!!!

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  • mar

    23 enero 2017

    Hola Pablo yo soy Mar sobrina de Nico, gracias por hacer este relato de mi tio
    para mi a sido tan hermoso uf no me podía imaginar a mi tio golpeando a otras personas, por como es el, y ves que lo hace por la vida que ha llevado y piensas dios que pena, es una de las personas mas buenas que he conocido en mi vida, gracias por quererle tanto Pablo, recuerdos para tus padres, yo por supuesto que también te voy a seguir por aquí, un saludo

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    • Pablo Palmero

      23 enero 2017

      Gracias a todas/os por vuestra apasionada participación. Me sorprende la sensibilidad y abierta afectuosidad que todas mostráis ¿Será cosa de familia?

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  • Sisco

    23 enero 2017

    Hola pablo. has narrado perfectamente ha unos seres tan humanos como eran mis tios nico y carmen y antonio y filo. Su hermano y cuñada. Eran como pocas personas ay. Siempre con una sonrisa y llenos de cariño. Yo por entonces me quedaba ha comer con ellos munchos dias. Pues estudiaba en calvo sotelo. Justo debajo. Munchas veces beia. la gallina de mis tios subir las escaleras. Me quedaba impresionado k un animal asi supiera subir asta el piso ella sola. Un saludo y mi mas sincera satisfaccion por el acordarte de ellos. Un saludo señor

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  • Sisco

    23 enero 2017

    Hola pablo. Tu madre era la profesora? De la cual me ablaba mi tio. ?

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    • Pablo Palmero

      23 enero 2017

      El mismo, Sisco. Y oye, gracias por participar, que empezaba a pensar que sólo había sobrinAs en la estirpe.

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  • Inma

    7 abril 2017

    Hola…soy Inma,hija de unos vecinos de Antonio,en Santomera.Tengo hijos pequeños ,y siempre vamos a su casa porque les da unas galletas riquísimas (pero tienen que ser las cuadradas, claro ).No conocia su historia y hace unos minutos me dice al pasar,” nena,¿quieres saber mi historia?,tu que tienes Internet,busca “…y aquí estoy …menuda jarta a llorar.Es un hombre delicioso y entrañable… gracias por compartir.

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    • Pablo Palmero

      7 abril 2017

      Gracias a ti por explicárnoslo! Me alegro que los tengas tan cerquita, snif.

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