De aquí y de allá

Nacida del amor

30 de agosto de 2014

Nuestra hija nació en mayo del año pasado. Como habréis notado, desde entonces mi actividad en el blog ha cejado; lo primero es lo primero. Hoy voy a romper el silencio de mi pluma compartiendo el relato de su nacimiento.

Es un texto emotivo y extenso -la riqueza de la experiencia lo merecía- Así que os aconsejo que os pongáis cómodos y os sirváis una taza de eso que tanto os gusta, porque vamos a estar un buen rato juntos.

 

NACIDA DEL AMOR

Con su llegada a este mundo nuestra hija Natàlia nos ofreció una experiencia tan dura y oscura cómo luminosa y transformadora. Con este relato Isabel y yo queremos compartir con vosotros una vivencia íntima que transita entre la vida y la muerte, que habla de las consecuencias de la violencia y también, y sobre todo, de la fuerza del corazón. Una épica aventura alumbrados por el afecto de todos los que nos acompañaron. Esta es la historia de cinco dramáticos e intensos días que cambiaron nuestras vidas para siempre.

 

“Estoy teniendo algunas contracciones”, los ojos de Isabel brillaban, mi interior se sacudió. Nos besamos con un cóctel de alegría y nerviosismo en los labios. Era la mañana del miércoles 15 de mayo del 2013. Estábamos en la semana cuarenta y todo parecía ir según los dictados de la naturaleza. Los nueve meses del embarazo habían sido plácidos, la niña estaba encajada y lista para la llegada al mundo. Todo era favorable y eso nos tenía más que satisfechos. Pariríamos en casa tal como teníamos previsto desde el principio. Sería un parto natural y nos asistiría Carme Llopart, una comadrona con más de treinta años de experiencia en el ámbito hospitalario y una larga trayectoria atendiendo partos en casa. Durante la larga entrevista que mantuvimos en su casa apreciamos su franqueza y sentimos que a pesar de algunas diferencias ideológicas y generacionales podríamos entendernos.

Las primeras contracciones habían empezado, eran espaciadas y leves. Había comenzado la cuenta atrás pero ambos sabíamos también, que se trataba de un proceso por lo general lento y muy progresivo, así que seguimos haciendo lo que teníamos previsto y las horas pasaron sin cambios remarcables. Al día siguiente Isabel sintió la necesidad de permanecer recogida en casa, anulamos los compromisos intentando no impacientarnos y continuar con toda la normalidad que pueden tener dos primerizos ante un momento tan trascendental y desconocido. Las contracciones seguían llegando espaciadas y con intensidad leve. Fuera no parecían haber grandes cambios pero mi tic tac interno crecía por momentos. Al día siguiente teníamos programada visita de la semana cuarenta con la comadrona, la coincidencia nos fue como anillo al dedo. Hicieron las evaluaciones según el protocolo establecido;  todo estaba dentro de la normalidad. El cuello del útero había empezado a borrarse, mostraba una consistencia propicia y empezaba a centrarse. Por la tarde llegó nuestra amiga Marga, ella haría de asistente ayudándonos con el apoyo afectivo y la intendencia. La sintonía y la cálida complicidad que nos une a los tres, forjada durante años de cultivo de la relación, la convertía en la persona ideal para ocupar ese lugar. No dudamos ni un instante en elegirla a ella como ayudante para el parto. De repente, tras nueve meses de espera, allí estábamos los tres, animosos, un tanto nerviosos y con ganas de vivir juntos una nueva experiencia de vida.

Con la llegada de la noche acaeció un cambio con respecto a los días anteriores; la intensidad de las contracciones estaba subiendo de forma notoria. Isabel necesitaba respirar más profundo y recluirse en sí misma. Para sobrellevar el envite se movía de forma ondulante con sus rodillas apoyadas en el suelo y sacando la voz con un sonido prolongado y grave, casi gutural. Los estímulos externos ya no le apetecían. Dejó de ver la película y se fue a la habitación. Al cabo de un rato Marga y yo subimos para ver cómo estaba. Las contracciones venían más o menos cada cuarto de hora. Era cerca de la una de la noche y pese a la intempestiva decidimos llamar a nuestra comadrona. La conversación por teléfono nos cayó como un jarro de agua fría. Carme me dijo que había “algo extraño” en cómo estaban transcurriendo las cosas. Desde su punto de vista el proceso estaba siendo extremadamente lento. No era normal que estuviese tardando tanto en desencadenarse la fase activa del parto. Su manera de decirlo despertó nuestra preocupación. No habíamos pasado antes por esa situación, para nosotros todo entraba dentro de la normalidad. Carme quería que intentáramos descubrir cuál podría ser la causa de ese retardo. Apelando a mi condición de psicólogo insistía en decirme que “aquello no era normal” y que había que procurar ayudar a Isabel a desencallar emocionalmente lo que fuera que la estaba condicionando. Si el ritmo seguía siendo tan lento corría el riesgo de agotarse y eso no nos convenía. Su insistencia sin embargo, más que ayudar nos dejó preocupados y contrariados. Los tres teníamos la impresión que Carme estaba asustándose de forma injustificada y perdiendo la confianza en Isabel; en ese momento no supimos comprender los motivos de su recelo. Como las contracciones aún eran bastante espaciadas decidimos que no viniese todavía. Lo cierto es que en ese momento tampoco teníamos ganas de verla.

La noche fue movida. Isabel reclamaba nuestra presencia cuando le sobrevenían las contracciones, el dolor era cada vez más intenso. Apretaba nuestras manos, intentaba esquivarlo, anticipándolo, empujándolo, y una vez pasado lo rememoraba en un vano ejercicio de autocontrol. Una velada actitud de temor iba ganando terreno en su interior. Marga se pasó gran parte de la noche con ella y yo descansé, lo que pude, en otra habitación. Por la mañana con la luz del sol, y como suele ser habitual en los procesos de parto, las contracciones cedieron y recobramos un poco de tranquilidad. Empezando a asumir que había algo que escapaba a su comprensión, Isabel decidió llamar a nuestra terapeuta, para pedirle ayuda. Montserrat Crehuet es desde hace años nuestra persona de confianza. Una mujer pasional y cariñosa, con una humanidad y capacidad de entrega extraordinarias; esta ocasión sería otra prueba más de ello. Para nuestra alegría se ofreció a venir a nuestra casa por la tarde. Reconfortados por el apoyo decidimos pasar el día con tranquilidad y nos fuimos a hacer un paseo por los aledaños de la Fageda d’en Jordà, cerquita de casa. Necesitábamos recargar las pilas y la esplendorosa naturaleza de mediados de mayo nos llenó de energía. Mientras caminábamos Isabel y yo nos sinceramos sobre como estábamos viviendo la situación. Ambos conveníamos que fuese lo que fuese lo que estaba reteniendo el proceso, si es que en verdad había algo anormal, estaba más allá de nuestra consciencia y control, y que lo más importante en ese momento era no presionarnos y seguir buscando aquello que nos aportaba calma y seguridad. En ese momento y por primera vez empezamos a admitir abiertamente la posibilidad de un miedo subterráneo. Fuimos a comer a un restaurante de las afueras de Olot. Yo tenía más sueño que hambre. Al llegar a casa descansamos un rato, aunque debido al estrés de la situación mi siesta fue decididamente insuficiente.

Montserrat llegó a media tarde. Aunque a priori yo era reticente pedirle el favor de venir, cuando entró por la puerta de casa se me abrió el cielo. Me saludó con efusividad y con su habitual y radiante vitalidad; más que llegar a nuestra casa, parecía que éramos nosotros los que llegábamos a la suya. Montse se acercó cariñosa a Isabel, que se hallaba en la habitación recogida, y ésta se aflojó de inmediato. Entre lágrimas le empezó a hablar del miedo que se le estaba despertando con el dolor, de su confusión e impotencia. “¡Me hace mucho daño!” le repetía intentando transmitirle la inmensidad de su sufrimiento. Montse comprensiva, la consolaba y la reconocía en lo que sentía sin cuestionarla, invitándola a expresarse.

Con la llegada de la noche empezó de nuevo el embravecido oleaje de las contracciones. Sobre la media noche decidimos salir a pasear por los alrededores de casa para propiciar el proceso de dilatación. Cuando llegaba una contracción nos deteníamos, Isabel, aturdida, necesitaba sostenerse  en nuestros hombros, moverse y sacar la voz. Curiosamente y a pesar de todo, allí, en la calle y en plena noche, los cuatro nos sentíamos tranquilos y seguros, incluso alegres. Las contracciones venían de forma más constante y con mayor intensidad, el paseo parecía estar surtiendo efecto ¿Sería ese el punto de inflexión?

Tras volver del paseo le preparamos una bañera. Los espasmos llegaban cada seis minutos más o menos y ella se mostraba cada vez más ausente, abstraída en sus sensaciones. Eran las tres menos cuarto de la madrugada. Decidimos que había llegado el momento de llamar a Carme.

Mientras llegaba acomodamos la que sería la sala de parto, una sala insonorizada y diáfana en la parte de arriba de la casa. Era evidente que necesitábamos un lugar espacioso y con aire porque a esas alturas ya habíamos comprobado que Isabel necesitaba moverse mucho. Preparamos la iluminación, los colchones, los cojines y todos los materiales que Carme nos había prescrito. Marga, Montse y yo íbamos turnándonos en la atención a Isabel, que continuaba reclamando con cada contracción presencia y contacto físico. Era la única manera de tranquilizarla. “¡Me duele! ¡Me hace mucho daño!” Montse la tenía cogida por la espalda y la consolaba cariñosa: “Sí. Duele. Es tu hija abriéndose paso”. Isabel recogía las palabras sedienta de consuelo. A la siguiente contracción sin embargo, todo parecía volver al mismo lugar. La anticipación, el constreñimiento, la revisión de la contracción intentando sentir de algún modo un control sobre sus sensaciones… Había algo que la mantenía girando una y otra vez sobre una turbación visceral, una espiral que ninguno de nosotros lograba aún comprender.

Carme llegó sobre las cinco de la madrugada. Por teléfono le anticipé que había otra persona con nosotros; lo que todavía no sabía es que era nuestra terapeuta. Yo temía que su presencia pudiera de algún modo coartarla, pero mis miedos cejaron pronto. Montse la recibió amable, legitimándola: “Tú eres la que sabe”, le dijo mirándola a los ojos. Me impresionó la confianza de Montse en la capacidad y la buena fe de Carme. Para nuestra tranquilidad, Carme pareció agradecer su presencia y recogió el testigo. Tras situar sus enseres hizo una auscultación del ritmo cardíaco de Natàlia con su estetoscopio electrónico. El ritmo era el adecuado. La dilatación sin embargo, apenas llegaba a los dos centímetros. La decepción en nuestro rostro se hizo evidente.

Carme dio unas cuantas instrucciones para facilitar la dilatación, pero lo cierto es que había algo entre ella y nosotros que no acababa de fluir. El desencuentro de la conversación por teléfono del día anterior había mermado nuestra confianza en ella. Seguíamos poniendo en duda que creyese en la capacidad de Isabel para dar a luz en casa. La tensión entre nosotros se mantuvo durante unas horas y finalmente decidimos reunirnos para revisar qué estaba pasando entre nosotros. Gracias a la ayuda de Montse y a tener presente lo que estaba en juego pudimos ir al grano, sincerarnos y confesar temores y mutuas desconfianzas. Aclaramos que lo habíamos vivido durante la conversación telefónica. Mostramos lo que necesitábamos los unos de los otros. Era como si un velo hubiese caído de golpe. Fue un momento muy liberador.

La madrugada continuó con subidas y bajadas tanto en la intensidad como en la regularidad de las contracciones. Ellas fueron descansando, yo, aunque lo intenté, apenas pude. No podía hacerlo sabiendo que Isabel estaba sufriendo. Las horas, largas, fueron pasando entre sus gemidos de dolor y la esperanza de que la dilatación fuera allanando el camino a Natàlia. Isabel ponía todo su empeño. La necesidad de encontrar alivio la llevaba a buscar diferentes posiciones; sentada, de rodillas, de pie… nosotros la seguíamos, cercanos, con contacto. Un miedo cerval nacía con cada contracción, una vez tras otra, como si nada se hubiese movido de lugar. Había algo sumamente desesperante en todo aquello. Era importante que Isabel comiera, pero no tenía hambre. El cansancio de todos estos días empezaba a pesar como una losa. Eran las doce del mediodía del domingo, todos estábamos agotados por el esfuerzo físico y emocional. Tras insistir logramos que Isabel comiera un poco. Visto que las contracciones volvieron a detenerse, Carme y Montse se fueron durante unas horas a atender asuntos personales, y nosotros intentamos recuperar un poco las fuerzas.

Isabel estuvo sola unas horas; un espacio de tiempo durante el cual pudo relajarse e incluso ponerse música y bailar. A media tarde y con cierta dificultad, nos pidió de nuevo nuestra presencia. Expresó su decepción. A pesar de nuestra ayuda y compañía se sentía sola; quería llorar pero no podía.

Ir al Hospital empezaba a dibujarse como una posibilidad cada vez más real.

Aunque más espaciadas, las contracciones continuaban. Sobre las once de la noche le pidió a Carme que le hiciera otro tacto para situarse. Era muy similar al de la madrugada anterior, ¡Apenas dos centímetros! ¡Después de más de dieciocho horas! Isabel y yo nos miramos. Mis fuerzas también estaban empezando a decaer. Verla entrando una y otra vez en ese lugar de pavor sin vises de solución mermaba mi confianza en la posibilidad de dar a luz en casa y de forma natural. Me sentía impotente por no poder hacer nada para cambiar la situación. Estaban en riesgo la salud y la vida de mi mujer y mi hija, pero el curso de los acontecimientos escapaba a mi control. Hablé con Montse a solas para pedirle ayuda y ella, cercana, me habló de la importancia de acompañar y aceptar a Isabel en ese estado de “locura transitoria”: “Ahora más que nunca, y a pesar de que parezca que no recoge nuestra ayuda, es el momento de la fuerza del corazón, el momento de sentir la incondicionalidad y el afecto, de dar lo mejor de uno. Poner el corazón es todo lo que podemos hacer. El sobreesfuerzo y la preocupación ahora, no sirven de nada”. Sus palabras y su manera de decirlo me calmaron. Contenían la sabiduría de quien siente lo que dice, de una persona profundamente comprometida consigo misma y con la vida. Su manera de estar durante estos días me conmovió. Su discreción, su calidez, su naturalidad… la espontaneidad de quien no tiene nada que esconder, porque abraza con igual cariño a sus defectos que a sus virtudes.

Algo muy grande se estaba gestando también dentro de mí. El intento de confiar en Isabel me estaba ayudando a reconciliarme conmigo mismo.

Aunque el agotamiento era palpable, Isabel y yo sentimos la fuerza y la determinación de seguir adelante en casa. Las horas siguientes nos pidieron redoblar el esfuerzo, y nos exigieron aún mucho más arresto físico y anímico.

1 de la madrugada: Decidimos subir y bajar escaleras para favorecer las contracciones, que si bien eran intensas no acababan de ser rítmicas.

3 de la madrugada: Nos instalamos en la sala de arriba de la casa. Isabel necesitaba incorporarse con cada contracción y moverse de forma casi constante para orinar, para no dormirse, para calmar el dolor… Carme y yo la seguíamos incansables para darle contacto y presión en las lumbares, para consolarla, abrazándola cuando se sentaba para que pudiera descansar. El esfuerzo era titánico. Carme le iba recordando que debía aflojarse y estar en el presente, “la contracción ya ha pasado. Estás aquí. Has podido”. El latido del corazón de Natàlia seguía dentro de la normalidad.

7 de la mañana: Las contracciones no se detuvieron pero tampoco aumentaron. Isabel se mostraba cada vez más primitiva, más impulsiva; sobreponiéndose al extenuante cansancio y por tal de favorecer la siguiente contracción, continuaba levantándose y paseando una vez tras otra. Pero el terror persistía y a mí cada vez me costaba más estar con sus demandas. Una velada exigencia hacia ella se instalaba dentro de mío ¡¿Por qué no abandona de una vez por todas esa enajenada actitud?! Las dudas me corroían ¿Sería capaz de dar a luz? ¿Podríamos darle a nuestra hija un parto digno? Me invadía el deseo de arrancarla de lo que sentía. Tenía que calmarme una y otra vez, dejar de estar pendiente de ella y centrarme en lo que yo sentía, poner el corazón.

8 de la mañana: Isabel estaba muy cansada y quería descansar. Decidimos hacer otro tacto. El cérvix estaba borrado y casi centrado. El ritmo cardíaco de la niña nos indicaba que estaba bien, pero desgraciadamente la dilatación era de sólo tres centímetros ¡Habían pasado casi diez horas de dolor y esfuerzo para conseguir apenas un centímetro de dilatación!  ¡Y había que llegar hasta diez para que la niña pudiera pasar por el cuello del útero! A ese ritmo parecía humanamente imposible llegar con suficiente energía a la fase final.

Intentamos descansar… como buenamente pudimos.

Mediodía del lunes 20 de mayo: Era el día de mi cumpleaños. Sabía que Isabel tenía un regalo preparado para mí pero no sentía las ganas de pedírselo. Un halo de tristeza me embargaba y celebrar algo en ese momento me resultaba absurdo. Lo único que me importaba era el bienestar de mi mujer y mi hija. Carme, Marga, Montse y yo nos reunimos para comer. Todos sabíamos que con el ocaso deberíamos afrontar un nuevo reto. A pesar del trance se respiraba una atmósfera de cohesión y determinación. La tenaz profesionalidad de Carme me daba confianza, la atenta disposición de Marga me liberaba de cargas y la presencia de Montse era como tener a una madre y a una abuela a la vez, amorosa, honesta, directa, amable… Con su sabia naturalidad, me recordaba que mi responsabilidad era mantenerme calmo en el ojo del huracán.

Llega la noche: Las contracciones continuaban llegando de forma irregular, no se percibían vises de cambio. Nos reunimos todos y hablamos. Intentamos dilucidar que había tras ese terror subterráneo que atenazaba a Isabel. Ella volvió a nombrar el miedo al dolor, a perder el control, el miedo a la muerte… Era evidente que estábamos frente a un bloqueo de una magnitud descomunal. Habían pasado ya más de cinco días desde que se iniciaron las contracciones, tres días sin apenas dormir y ninguno de nosotros veía en ese momento una salida inminente a la situación. La conversación aligeraba la presión, lo que hizo que Isabel y yo empezáramos a replantearnos abiertamente nuestras prioridades. Si seguíamos probando por la misma vía corríamos el riesgo de acabar absolutamente agotados y comprometiendo la salud de la niña. Ambos íbamos asumiendo la renuncia a nuestro deseo original de parir en casa y de forma natural. Ninguno de nosotros quería acabar en el hospital pero teníamos y debíamos probar algo diferente. Pedir ayuda para suavizar el dolor y las reacciones defensivas era la opción más lógica. No habíamos podido tener lo que queríamos, tocaba soltar el ideal y responsabilizarnos de nuestros límites personales. Habíamos quemado todos los cartuchos, habíamos intentado todo lo que estaba en nuestras manos. La ayuda de Montse volvió a ser fundamental para situarnos en la realidad. Carme nos apoyó en la decisión. Entrábamos en una nueva fase.

1 de la madrugada del martes 21 de mayo: Llegamos al hospital. Carme fue bienvenida entre el equipo de médicos y comadronas, la mayoría la conocían dada su larga trayectoria en el ámbito hospitalario y dejaron que nos acompañase en la sala de partos; eso nos dio mucha tranquilidad y sin duda facilitó nuestra estancia. Iniciaron su protocolo y nosotros les entregamos nuestro “plan de parto”, un listado de las peticiones y las preferencias que queríamos que se aplicaran durante todo el proceso. Un documento oficial que Isabel y yo habíamos preparado previsora y concienzudamente por si llegado el caso teníamos que acudir al hospital. En él pedíamos entre otras cosas, que a nuestra hija sólo le administrasen ciertos medicamentos preventivos en caso necesario y no por defecto como indicaban sus formalismos, así como la facilitación de espacios de privacidad sí así lo requeríamos.

Tras realizarle un primer tacto descubrimos para nuestra sorpresa, que la dilatación había llegado a cuatro centímetros, cifra necesaria para poder iniciar la asistencia hospitalaria. La anestesia local mediante peridural supuso un antes y un después para Isabel; una auténtica bendición para todos. El dolor disminuyó muchísimo y con él las intensas reacciones emocionales que lo acompañaban, y todo ello sin perder la movilidad y la sensibilidad de las piernas. Isabel podía notar como llegaban las contracciones pero ahora como un eco lejano. Bajamos la iluminación y el sonido de los aparatos de mediciones de las constantes vitales y las contracciones, y nos propusimos acompañar a nuestra hija desde un lugar de calma y presencia. Permanecimos en ese estado durante largo tiempo escoltados de forma intermitente por Carme y las comadronas del hospital.

Varias horas más tarde volvieron a hacer otro tacto ¡La dilatación había avanzado! Se situaba sobre los seis o siete centímetros. Ambos respiramos de alivio. Las horas siguientes sin embargo, volvimos a entrar en una dramática zona de estancamiento. Las contracciones no eran suficientemente intensas. El personal médico empezó a inquietarse. Decidimos hacer uso de una pequeña dosis de oxitocina para hacer subir la potencia de las contracciones y más tarde de una rotura provocada de la bolsa de aguas para favorecer el paso por el cuello del útero. Las reacciones emocionales de los días anteriores habían regresado. A pesar de la anestesia Isabel notaba el dolor en su cérvix y eso la enloquecía. Era algo completamente irracional, siniestro; se quejaba, sacaba la voz, se retorcía como podía entre el amasijo de cables, cintas y sondas. Su mirada volvió a tornarse opaca. Sus constantes demandas pretendían una comodidad imposible de conseguir por mucho que nosotros, afanosos, nos esforzáramos en complacerla. Pasaron las horas, lentas, pesadas, intentando darle apoyo y consuelo.

Subieron la dosis de oxitocina y de anestesia.

Yo llevaba cuatro días sin apenas dormir y mi tesón y paciencia empezaban a agotarse. Me permití salir un rato a desayunar al único bar que había abierto por allí a esas horas de la mañana. A pesar de la crudeza de la situación ese acto de cuidado hacia mí mismo me devolvió un sentimiento de integridad. Quería dar lo mejor pero también tenía necesidades y límites, pasar por encima de ellos era pasar por encima de mí y eso no ayudaba a nadie. Nada era como yo hubiese querido, pero eso no importaba ya, lo único que contaba en ese momento era poner el corazón y tomar decisiones por el bien de mi mujer y de mi hija. Volví a la sala de partos. Todo seguía igual.

En un momento de flojera, frente a una de sus constantes demandas, le respondí molesto. Ella clamó con fuerza: “¡No me tortures!”. Su expresión me quedó resonando dentro. Había algo que iba más allá de mi desafortunada actitud. Sus palabras surgían de un lugar tenebroso. Me vinieron a la mente pasajes de su historia personal y familiar. Empezaba a vislumbrar el origen de su terror.

12:00 del martes 21 de mayo. Habían pasado ya más de once horas desde que llegamos al hospital y cerca de siete en las que a pesar de las constantes contracciones el proceso parecía haberse estancado. Tras un nuevo tacto la comadrona del hospital nos dijo que era como si hubiese un anillo de tensión alrededor del cuello del útero que impedía la dilatación. Nos sugirieron la administración de un relajante muscular y aceptamos.

13:30 de la tarde: Nuevo tacto. Todo seguía igual. Tras un tenso silencio la ginecóloga se dirigió a nosotros con semblante serio, “hemos intentado lo que estaba en nuestras manos. El parto lleva demasiado tiempo paralizado y no parece que vaya a cambiar. Deberíamos tomar una decisión”. Todos sabíamos a qué se refería. Isabel estalló: ¡Una cesárea no por favor! Por nuestra condición de terapeutas ambos sabíamos los perjuicios sobre la salud y el vínculo afectivo que conlleva. Al poco, Isabel, conciente de que en realidad ya había llegado al límite de sus fuerzas cambió de opinión y cedió “de acuerdo, está bien”. Carme se le dirigió con fuerza: “Isabel no te rindas ahora, yo confío en ti, creo que aún es posible, hagamos un último intento”. Isabel recogió sus palabras de confianza y recobró el ánimo pero no las tenía todas consigo. Yo permanecía ajeno a todo ese movimiento, dentro de mí se estaba gestando nuestra última gran baza. La vía del esfuerzo ya no da más de sí, había llegado el momento de afrontar cara a cara lo que estaba deteniendo el proceso del parto. Me acerqué a Isabel y la miré a los ojos con compasión y determinación: “Cariño, has hecho un gran esfuerzo. Si finalmente hay que practicar una cesárea lo haremos, lo importante es que la niña y tú estéis bien”, ella asintió; le dije que sentía que aún nos quedaba una oportunidad, y que intentáramos ver qué estaba pasando. Me miró desde el último resquicio de confianza y atrevimiento que le quedaba. Sabía tan bien como yo que era nuestra última opción. Pedimos al equipo del hospital que nos dieran margen para un intento final. Nos dejaron solos.

Habla Isabel:

Recuerdo que la habitación me pareció más oscura en aquel momento. Pablo se situó a mi lado izquierdo. Yo buscaba el contacto por qué necesitaba agarrarme fuerte cuando llegaban las contracciones. Era un dolor que no tenía fin, porque no se quedaba sólo en mi cuerpo, sino que se extendía implacable y sin forma dentro de mí. Pero a medida que Pablo me hablaba podía sentir más mi cuerpo y la fuerza para enfrentarme a aquella desbordante sensación. “Intenta sentir el dolor ¿Qué sientes?” “¡Me hace daño!” contesté. “¿Quién es el que te hace daño?” Y entonces llegó la claridad, y de repente el fantasma tenía forma concreta y podía enfrentarme  a él: “¡Es mi padre!”.

Una vibración tremenda recorrió la sala. Todo aquel sufrimiento iba más allá del acto natural de dar a luz. La sensación de la niña atravesando el canal del parto, estaba despertando en Isabel la memoria corporal de antiguos abusos. La necesaria apertura para dejar llegar a nuestra hija chocaba de manera frontal con la reacción contractiva de autoprotección. Esta dramática confusión cincelada en su cuerpo estaba bloqueando el proceso de dilatación, comprometiendo su vida y la de Natàlia. Había llegado el momento de que Isabel pudiese expresar lo que en su momento no pudo. El momento de trasmutar una experiencia de muerte en una experiencia de vida.

Habla Isabel:

“Empecé a empujarle con brazos y piernas mientras le gritaba: “¡Vete! ¡Déjame! ¡Me haces daño! Pablo recibía la descarga y yo podía notar el bien que me hacía encontrarlo en cada movimiento, no sólo su cuerpo sino también su mirada. Poco a poco esa lucha fue convirtiéndose en liberación: “¡Márchate, mi hija tiene que nacer! le gritaba a mi padre. Mi rabia salía desde un lugar muy profundo y doloroso. Eran palabras amargas pero también de sentida reivindicación. Y llegó un momento en que empecé a aflojarme y entonces surgieron sentimientos de agradecimiento hacia las personas que me habían acompañado todos esos días, Carme, Marga, Montse, Pablo. Podía visualizar su amorosa presencia como si estuvieran en el techo de la sala. Noté que me abría. A partir de ese momento todo lo que sentí fue en dirección a la vida. Pablo y yo nos besamos apasionadamente. Recuerdo la intensidad de esos besos como si en ellos hubiera encontrado la llave para dejarme ir. Podía sentir mi fuerza sexual vibrando con fuerza. Necesitaba placer para seguir abriéndome a la vida. Llegó un momento en que noté la cabecita de Natàlia encajada dentro de mi pelvis. Las contracciones eran intensas pero soportables y me embargó un profundo sentimiento de amor hacia ella. Repetía como un mantra las palabras “Natàlia”, “Amor” y “Sí”. Había llegado el momento de la verdadera entrega. Por fin podía abrirme a la vida y ofrecerme a mi hija.

15:00 de la tarde: Las comadronas y la ginecóloga habían sido puestas al corriente de la situación por parte de Carme, y regresaron respetuosas a la sala. Hicieron un nuevo tacto, pero nuestras dudas ya se habían disipado, teníamos claro que todo había cambiado. Para su sorpresa el cérvix había cedido, y sólo fue necesaria una pequeña ayuda masajeando con los dedos, para que la niña entrase toda la cabecita dentro del canal de parto.

En la fase final del expulsivo tuvimos que poner todo lo que nos quedaba. Isabel empujaba de manera portentosa, animal; era increíble verla así después de tantos días de extenuación física y psíquica. En su mirada había un brillo feroz e inquebrantable. La fuerza de quien se siente en contacto con la vida, la fuerza de quien sabe que nada ni nadie podrá detenerla.

Habla Isabel:

Estaba agotada como nunca en la vida hubiera podido imaginar, pero sentía el triunfo en cada centímetro de mi cuerpo y la determinación de permitir nacer a Natàlia. Un potente tubo de energía recorría mi cuerpo de la cabeza a los pies. Pablo empujaba conmigo. A esas alturas del parto aún pude reírme para mis adentros al verlo dándome ánimos con una expresividad que nunca antes había visto en su rostro.

De repente, el equipo médico se ausentó para atender a vida o muerte a una parturienta de una sala contigua, por lo que a ratos, en la habitación estábamos únicamente Carme, Isabel y yo. A pesar de la inconveniencia nos sentíamos tranquilos, ahora ya sólo era cuestión de tiempo. Carme y yo nos estábamos a sus costados ayudándola a empujar, y yo me alternaba situándome delante y comprobando la salida de la ya visible cabeza. Y llegó el que sería para sorpresa de todos, el último pujo. El personal había vuelto a la sala, la cabecita apenas se veía un par de centímetros y exhortaron a Isabel a empujar con fuerza “¡Más, más, más, más!” y de repente… la niña salió disparada, literalmente. Lo hizo de forma tan súbita que a la comadrona no le dio tiempo a asirla y cayó en el cubo que había bajo sus piernas, amortiguada por las gasas y empapadores. Ni tan siquiera lloró. Tan pronto como se nos pasó el impacto de verla caer, la pusieron en el vientre de Isabel. Todo había acabado, todo estaba bien, Isabel se sentía plena y yo a su lado, me emocioné profunda y silenciosamente. Nuestra hija había llegado al mundo. Su carita, su cuerpecito… acabábamos de conocernos. Natàlia me miró directamente a los ojos con el brillo del infinito en sus pupilas. Después, con igual curiosidad, miró a Isabel.

 

El nombre de Natàlia proviene de natal, nacimiento, y lo cierto es que tras lo vivido la elección se nos antoja idónea. Cuando meses antes decidimos como llamarla ninguno de los dos sospechaba lo mucho que su llegada iba a enseñarnos. Ha pasado ya más de un año desde aquella experiencia. Natàlia se encuentra de maravilla, es una niña sana, alegre y muy extrovertida; su vitalidad llena de gozo nuestro día a día. Ambos queremos dar de nuevo y explícitamente las gracias a todos los que nos acompañaron amablemente, en especial a Marga Gómez, a Carme Llopart, a Montserrat Crehuet y a todo el equipo médico del Hospital Sant Jaume de Olot.

Aunque todos tuvimos que lidiar interiormente, el caso de Isabel es especialmente remarcable. Gracias a su fortaleza, sostuvo un tremendo sufrimiento físico y anímico durante más de cinco días. Transitó el delirio y el terror sin perder la fe. Su coraje y entereza fueron admirables, y no quiero dejar pasar esta oportunidad para felicitarla y decirle que me siento agradecido de que sea la madre de mi hija.

 

Alumbrar la llegada de un nuevo ser despierta preciosas virtudes pero también los miedos más profundos. Haberse sentido tratado como un objeto, en especial cuando el maltratador es uno de los padres, profana el sagrado vínculo afectivo, dejando a su paso un rastro devastador. Como hemos visto, en el contexto de un parto, este choque de fuerzas entre la necesidad de apertura y el cierre defensivo, puede desatar situaciones absolutamente dramáticas y extremas. A pesar de la crudeza, nuestra experiencia nos muestra una vez más, que por fuerte que sean, los flagelos del desamor también pueden ser disueltos. El antídoto: un trato humano, sencillo, real; acompañamiento, respeto, amabilidad, honestidad, afecto. Traspasar las tinieblas para renacer desde el amor.

Con este relato esperamos haber aportado un poco de comprensión a futuras madres, padres, familiares, amigos y a los profesionales sanitarios que con mucha frecuencia se hallan a ciegas en trances similares.

 

Un saludo afectuoso.

Isabel&Pablo

 

 

 


7 comentarios en la entrada : Nacida del amor

  • Iris

    30 agosto 2014

    Felicidades hermanos. El amor lo es todo en la vida.

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  • natalia

    17 setiembre 2014

    Me he quedado sin palabras pero con lagrimas. Gracias por compartirlo. Un fuerte abrazo desde Islandia.

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  • Laila

    10 octubre 2014

    És una història preciosa, profunda i humana. Llegir-la m’ha curat una mica, acabo de patir un avort i sento la relació directa entre aquest fet i la meva experiència vital del passat, els fantasmes que arrossego. És molt dur però esperançador llegir experiències que traspassen els mals per a donar vida.

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    • Pablo Palmero

      11 octubre 2014

      Hola Laila,
      Sento la teva pèrdua i alhora m’alegra comprovar que pots parlar-ne obertament, que tens la teva veritat, que et tens a tu.

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  • Monique

    9 mayo 2015

    En primer lloc gracies per compartir la vostra historia. M’ha arribat al fons del cor ,m’he esglaiat i no tinc paraules per expressar el que he sentit i com hem sento dese que ho he llegit aquest mati.
    Hem fa reflexionar i patir al pensar de que pot passar quan arribi el moment de que neixi la meva futura neta, la sensació de buit tan per part meva i realment saber com se sent al ser deixada la meva filla suposo que comporta un bloqueig emocional que fa por.

    En el vostre cas l’amor va guanyar

    Salutacions

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  • Yelitze

    8 octubre 2017

    Desde Venezuela no me queda más que agradecerles por la sinceridad y el coraje que tuvieron para compartir tan sensible experiencia. Esa muestra de vulnerabilidad propia de nosotros, los seres humanos pero, sobre todo, esa muestra de que sí es posible trascender los episodios más dolorosos y oscuros de nuestras vidas, definitivamente, se convierten en una gran ventana por la cual podemos asomarnos quienes no contamos, como ustedes, con tan valiosas herramientas y, en especial, con tamaña determinación!!! Gracias, de verdad, por inspirar a quienes tenemos la fortuna de leerles…

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    • Pablo Palmero

      9 octubre 2017

      Gracias por el reconocimiento y el aprecio que nos llegan de tus palabras. Un abrazo transatlántico.

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