El Síndrome de Houdini

 

Ilustración: David Arnau
Concepto
: Pablo Palmero
Esta postal es fruto de un proceso de co-creación con mi buen amigo e ilustrador David Arnau. Para conocer su trabajo y contratar sus servicios podéis pasar por davidarnau.com

Fragmento extraído de mi libro «Los Pilares del Corazón»

 

Harry Houdini (1874-1926) fue un famoso mago de principios del siglo xx, conocido por sus números de escapismo, capaz de zafarse de las situaciones más inverosímiles; candados, esposas, cuerdas y camisas de fuerza, incluso debajo del agua o suspendido boca abajo en lo alto de rascacielos.
No soy amante de las clasificaciones y menos aún de las psicopatológicas, pero he querido emplear su nombre para acuñar un término que creo puede ayudar a introducir uno de los grandes males de nuestro tiempo: la dificultad para adquirir compromisos de relación.

«Síndrome de Houdini» o «escapismo sentimental»: Aplicado a aquel o aquella que evita las implicaciones sentimentales. La persona fluctúa entre la obsesión y el rechazo hacia su objeto de deseo, repitiendo un patrón cíclico de atracción, excitación, miedo y huida. La manera y las excusas empleadas pueden ser muy diversas, y el afectado raramente se responsabiliza de su miedo al compromiso.

Aquí van un par de ejemplos:
Jaime tiene treinta y dos años, no ha tenido ninguna relación estable con una mujer. Últimamente siente ganas renovadas de encontrar pareja; su sistema empero, es el mismo de siempre: cuando se siente atraído hacia una chica se le despierta una fuerte timidez y le cuesta mostrar su interés abiertamente. Si consigue una cita, cuando faltan algunos días para el encuentro y se da cuenta de que la cosa va en serio, empieza a ponerse muy nervioso. El día indicado se presenta tarde. Se crea un ambiente tenso. Van a tomar algo y él se pasa el rato hablándole de sus exnovias y otros debacles sentimentales. Él se despide con un «ya quedaremos» y ella con un «si un caso ya te llamaría». Jaime se va a casa sintiéndose confuso. Para consolarse acostumbra a decirse para sus adentros: «No es mi tipo. No me gusta tanto como creía. Además, no he estado a gusto». No se vuelven a ver.
Mónica tiene pareja desde hace seis años. En la última etapa debían tomar varias decisiones importantes para su futuro. La situación ha desembocado en una serie de conflictos. Ella se queja constantemente de la manera de ser de su pareja. Las dificultades en la comunicación y la sexualidad se han intensificado, aunque en realidad siempre estuvieron presentes. Mónica cada vez piensa más en otros hombres y mantiene una actitud seductora con sus amigos y en el trabajo. De hecho, nunca se ha sentido profundamente comprometida. Él le propone pedir ayuda para solucionar sus problemas. Ella se niega y prosigue con las quejas. Finalmente se va con otro hombre, con el cual repite la misma historia al cabo de un tiempo.
He puesto este último ejemplo para que no nos dejemos llevar por el equívoco de creer que por estar en pareja somos libres de la posibilidad de padecer dicho síndrome. La mayoría de los que hemos crecido bajo el influjo de vínculos afectivos insanos, tenemos muchos números para padecerlo.
Para entender esto, nos ayudará retroceder unos años y auscultar algunos aspectos de la infancia de Jaime y Mónica.
A Jaime sus padres lo metieron pronto en la guardería; lo veían sólo un rato por la tarde. Decidieron que debía acostumbrarse a dormir solo, así que lo dejaban llorando en una habitación durante horas, hasta que aprendió que por mucho que se desgastase no le atenderían. Las quejas y juicios de sus padres hacia él por su manera de ser, eran constantes. Poco a poco fue entendiendo que sus necesidades de seguridad, cariño y cercanía no eran tenidas en cuenta. Que las personas de su entorno estaban «cuando podían… y querían» y que lo suyo no contaba demasiado. Jaime vive, como adulto, con una sensación de malestar y culpa. Se siente inadecuado y como si fuera una carga allá donde esté. Cada vez que está con gente de su agrado entra en un estado de inquietud interna; su cabeza se pierde en miedos y desconfianzas: «Seguro que ya está cansada de mí», «parece que molesto», «me estoy comportando como un estúpido». Tiene la incómoda sensación de que las personas con las que está van a irse de manera inesperada dejándolo solo. Una lacerante experiencia de la que intenta escapar de diferentes modos, uno de ellos es el de sabotearse a sí mismo, presentándose a través de sus dificultades y aspectos más miserables.
Mónica es la mayor de tres hermanos. Desde pequeñita, para que se «portase bien» sus padres la manipulaban retirándole la palabra y su presencia física. Ella se adaptó progresivamente a la situación y se convirtió en una niña «buena». Aprendió a saber qué decir y qué hacer con el fin de complacerlos. Con la llegada de sus otros dos hermanos la fueron encajando en el rol de cuidadora. Para intentar obtener el afecto de sus padres tuvo que renunciar a sus verdaderas necesidades. Ahora, cada vez que alguien se interesa por ella siente desconfianza; cree que esa atención proviene de un lugar egoísta; que el otro/a la quiere o la desea por lo que es capaz de hacer y no por quien realmente es. Cuando debe tomar una decisión que afecta también a otra persona, revive el mismo conflicto que sufrió cuando era niña. Si decide lo que ella quiere pierde al otro; si la complace, debe renunciar a lo suyo, a sí misma. Para acabar de agravarlo, Mónica ya no siente qué es lo que en el fondo le pasa, ni lo que realmente quiere.

Intentar vincularse remueve el lodo del desconsuelo, despertando miedos inconscientes de una potencia estremecedora. Para evitar sentir estos conflictos podemos llegar a permanecer el resto de nuestra vida sin sentir la pertenencia ni el arraigo afectivo con las parejas, las amistades, los hijos…
Hemos ocultado este extendido mal normalizándolo, profesando una especie de fobia colectiva hacia la implicación emocional. Se promueve la superficialidad y el consumismo afectivo y sexual; la libertad y la felicidad se asocian a la ausencia de compromisos. Pero por mucho que intentemos engañarnos todos al mismo tiempo, la realidad no cambia: seguimos sintiéndonos insatisfechos. El escapismo sentimental deja a su paso una estela de vacío y soledad.

Necesitamos centrar el daño, ubicar las heridas y ponernos al alcance de nuevas y positivas experiencias de relación. Darnos el permiso para vivir conscientemente el propio miedo al contacto, pone de manifiesto nuestra vulnerabilidad, pero eso mismo nos hace más auténticos, más fuertes.

 

 

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